Una de las grandes ventajas que siempre se ha atribuido al coche eléctrico es su reducido mantenimiento.
Y técnicamente tiene bastante lógica.
Un motor eléctrico tiene muchas menos piezas móviles que uno de combustión. Desaparecen el aceite del motor, las bujías, los inyectores, la distribución, el embrague, el escape y multitud de componentes mecánicos susceptibles de desgaste o avería.
Incluso los frenos pueden sufrir menos gracias a la frenada regenerativa.
Por tanto, decir que un eléctrico necesita menos mantenimiento periódico que un automóvil de combustión es perfectamente razonable.
El problema aparece cuando confundimos “menos mantenimiento” con “menos riesgo económico de avería”.
Son cosas diferentes.
Muchas menos cosas que romperse… pero algunas tremendamente caras
Un automóvil convencional puede sufrir averías importantes: una caja de cambios, un turbo, una culata, una distribución o incluso un motor completo.
Pero existe desde hace décadas una enorme infraestructura alrededor de esas reparaciones.
Hay motores reconstruidos, cajas reparadas, piezas de intercambio, componentes procedentes de desguace y miles de talleres capaces de desmontar, reparar o sustituir parcialmente prácticamente cualquier elemento mecánico.
Un coche de diez o quince años puede sufrir una avería de 3.000 o 4.000 euros y seguir siendo perfectamente reparable.
En determinados eléctricos la situación puede ser diferente.
El problema no es solamente la batería: es su reparabilidad
La batería es normalmente uno de los componentes más caros del vehículo. Pero el verdadero problema aparece cuando determinados fabricantes diseñan paquetes que resultan extremadamente difíciles de desmontar o reparar parcialmente.
Thatcham Research, una de las organizaciones de referencia internacional en análisis de reparabilidad de automóviles, advierte precisamente de esta cuestión: existen baterías en las que daños relativamente pequeños en la carcasa pueden terminar requiriendo la sustitución completa del conjunto, debido al diseño, los adhesivos empleados, la dificultad de desmontaje o la falta de soluciones de reparación. (Thatcham Research)
Y ahí aparece una paradoja bastante importante.
Un eléctrico puede pasar años necesitando poco más que neumáticos, filtros, líquido de frenos y revisiones. Pero si fuera de garantía aparece un problema importante en la batería, la electrónica de potencia o determinados componentes de alta tensión, el coste de reparación puede representar un porcentaje enorme del valor que tenga en ese momento el automóvil.
Una pequeña diferencia que puede decidir si un coche se repara
Imaginemos dos coches con diez años y un valor de mercado de 12.000 euros.
El primero es de combustión y sufre una avería importante de motor.
Si existe la posibilidad de reparar la culata, reconstruir el motor, instalar uno de intercambio o incluso utilizar uno procedente de desguace, probablemente tendremos varias alternativas antes de mandar el coche al desguace.
Ahora imaginemos un eléctrico de valor similar al que se diagnostica una batería completa porque el fabricante o el taller no contempla reparar el módulo o elemento concreto que ha fallado.
La cuestión deja de ser técnica.
Pasa a ser económica.
El coche podría repararse, pero quizá ya no compense hacerlo.
Thatcham señala precisamente que la reparabilidad de las baterías y componentes de alta tensión está relacionada con mayores costes y con la probabilidad de que determinados vehículos terminen siendo declarados siniestro total. (Thatcham Research)
El verdadero reto del eléctrico será poder repararlo
Esto no significa que los eléctricos sean poco fiables ni que sus baterías vayan a fallar. Sería una conclusión equivocada.
Significa algo diferente.
Si queremos que un automóvil eléctrico pueda permanecer quince o veinte años en circulación, como ocurre hoy con millones de coches de combustión, no basta con fabricar baterías que duren muchos kilómetros.
Necesitamos también baterías desmontables, módulos sustituibles, diagnósticos independientes, piezas disponibles y talleres capaces de repararlas sin que la única solución sea sustituir un conjunto completo.
Porque posiblemente la gran pregunta para quien compre hoy un eléctrico no sea cuánto mantenimiento tendrá durante sus primeros cinco años.
Será qué posibilidades tendrá de repararlo cuando tenga diez o quince años y ya no exista una garantía que pague la factura.
Y esa cuestión todavía está lejos de estar completamente resuelta.